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SEGUNDA DE TRES.

En la entrega anterior reflexionábamos acerca de cómo identificar a un jefe manipulador. A raíz de ésta recibí varios mensajes de amigos y llamadas de colegas en las que me expresaron sus preocupaciones, y que puedo resumir en dos preguntas:

  1. ¿Sólo los jefes manipulan? Debemos estar alerta, porque los manipuladores están en todos lados, puede ser un jefe, sí, pero también puede serlo un subordinado, un vecino, un colega, un familiar, un proveedor, etc. Dice Dresel (“Yo manipulo…¿y tú qué haces?”. Editorial Debolsillo, 2013. P.47). “La agresión se ha convertido en las últimas décadas en una de las tantas formas en las que se vinculan los seres humanos, quienes van acumulando frustraciones, fracasos y situaciones adversas, que luego consciente o inconscientemente vuelcan en sus semejantes a través de los distintos tipos de ataques que hieren profundamente a quienes son sus destinatarios”.
  2. ¿Un buen líder no tiene algo de manipulador? Un buen líder negocia ganar-ganar, cede, apoya, después exige, da ejemplo y promueve la asertividad entre los miembros de su equipo. Se preocupa por el bienestar de sus seguidores. Un buen líder NO manipula.

Ojo, hablo según me ha ido en la feria, y puede que mi opinión difiera de la opinión de quienes leen mis elucubraciones; sin embargo, mi objetivo es que reflexionemos y mejoremos, aunque cada uno lo haga matando las pulgas con su propio estilo.

Los tipos de agresión de un jefe manipulador.

La agresión activa.

El manipulador es capaz de cualquier cosa para mantener su posición, inclusive agredir física o psicológicamente a su víctima, destruyendo su estructura psíquica, haciendo añicos la autoestima y dando al agresor “un poder irrestricto que utiliza cada vez con mayor saña para someter al receptor de su malicioso proceder…” (pág. 50, op. cit.), evitando toda posibilidad de defensa, de contra réplica, o la simple manifestación de sus ideas. “Gritos, órdenes, lenguaje imperativo, ausencia de consideración por lo que piensa el otro y actitud de violencia ante el mínimo esbozo de defensa de su territorio por parte de la víctima” (pág. 53, op. cit.). El agresor generará angustia e impotencia.

La agresión pasiva o psicológica.

La agresión pasiva puede ser más grave que la activa, porque se ejerce sutilmente, al punto de que la victima duda si su jefe es un manipulador despiadado o un ser humano maravilloso que pretende sacar lo mejor de ella.

El manipulador “no tiene suficiente coraje como para arremeter en contra de su víctima en forma visible, de modo que recurre a estrategias de apremios en distintos órdenes de relación que incluyen la amenaza de abandono económico y afectivo… entre otras formas de reducir a su oponente a la mínima expresión”. (pág. 51, op. cit.).

La agresión psicológica es difícil de demostrar y mientras le dé resultados al manipulador, éste seguirá utilizándola en cualquiera de sus formas; sin embargo, cuando el manipulador no ve satisfechos sus objetivos puede tornarse agresivo y atacar físicamente a su víctima.

Algunas formas de la agresión psicológica, según Dresel son:

  1. El desinterés por la víctima. Se da cuando el manipulador abandona o retira sus responsabilidades o apoyo a su víctima. En el trabajo, por ejemplo, la víctima es ignorada por el jefe manipulador, quien nunca toma en cuenta sus opiniones o su trabajo bien hecho, no le ofrece opciones de crecimiento, por más que el subordinado se esmera, hace las cosas bien, simplemente es ignorado y así será mientras el subordinado se esfuerce por quedar bien (“mi jefe no me pela”).
  2. La persecución sistemática. Vale la pena transcribirlo tal como lo dice Dresel: “Aquí el objetivo final del agresor es la claudicación definitiva de todas las pretensiones que pueda tener la víctima.
    El manipulador no alcanza este propósito de la noche a la mañana, es un trabajo sistemático en el que las coacciones son permanentes, las críticas y los desprecios van en aumento, hasta que logra que quien sufre este acoso moral termine resignándose a su suerte, sin poder esbozar una defensa que le haga sentir digno ante la vida” (pág. 62, op. cit.). Son personas tristes, desmotivadas, que creen que lo que sufren es lo que el destino les deparó o que son víctimas del infortunio, tal vez ni siquiera, se dan cuenta que están atrapadas en las garras asesinas del manipulador (“mi jefe me aplasta como cucaracha”).
  3. Cuando la agresión es la regla. Esta forma es la más común en el ambiente laboral, y es cuando el jefe se comunica con su víctima utilizando invariablemente un tono francamente agresivo.
    “El agresor puede estar usufructuando una situación de poder -ya sea en lo económico, en lo laboral, en la jerarquía de la empresa u oficina donde trabaje-, y desde esa perspectiva el manipulador imparte órdenes, fría y despiadadamente, sin valorar cuál será el impacto sobre su objetivo.
    Pero también puede darse la situación en la cual ambos, el manipulador y su víctima, ostentan la misma posición, con la diferencia de que el manipulador acude a determinados atributos que su víctima no posee para someterla y vapulearla, mientras el resto de las personas que componen el mismo grupo miran desinteresadamente hacia otro lado, permitiendo que la agresión se lleve a cabo con total impunidad”. (pág. 63, op. cit.). Esta forma de agresión la he visto innumerables veces entre miembros del comité ejecutivo de un hotel, en donde hay un macho o una hembra alfa manipulador o manipuladora, que agrede y quiere manipular y aprovecharse de otros miembros del comité, a quienes trata con desprecio, en donde el o los más débiles de carácter viven una experiencia laboral miserable (“mi jefe me odia”).
  4. La agresión en los afectos. Aunque Dresel explica esta forma de agresión como más común entre dos personas unidas por lazos amorosos, yo soy testigo de cómo algunos jefes tratan con extremo celo a algún colaborador, desarrollando una dependencia emocional enfermiza, quitando la total privacidad e independencia a la víctima. “Cuando le víctima se rebela, o busca escapar a este tipo de persecución, el manipulador recurre a una gama muy amplia de recursos para hacer sentir culpable a su víctima, y llora, se angustia, amenaza con abandonarla si no modifica su conducta, llegando hasta la violencia física cuando sus demandas no son contempladas” (pág. 64, op. cit.). Hay casos en los que el jefe manipulador articula un vínculo sentimental con la víctima para controlarla, no dejarla ir, no dejarla hacer y lo peor, no dejarla ser (“mi jefe me ama y me necesita”).

Antes de concluir este artículo quisiera que usted, lector, interesado en la hotelería, en los negocios turísticos, y si ha llegado hasta aquí también lo estará en el conocimiento del comportamiento humano, que hiciera una introspección de su actuar en su trabajo, con su familia, con sus amigos.

¿Encuentra en usted mismo conductas manipuladoras? Tal vez sea tiempo de ver a un especialista que le ayude a ser una mejor persona.

Si, por el contrario, se encuentra usted inmerso en un ambiente en el que es manipulado, oprimido, menospreciado, en el que se ha socavado su dignidad humana, en el que han asesinado a su autoestima, y sus sentimientos son de tristeza, angustia e impotencia; tal vez sea momento de sentarse tranquilamente, darle un sorbo a su bebida favorita, o un buen golpe a su cigarrillo, y ecuánimemente con la vista fija en el infinito, alzando una ceja, preguntarse a sí mismo. Mimismo:

 ¿Qué demonios estoy haciendo aquí?

Qué hacer ante un jefe manipulador, será el tema de nuestra próxima entrega.

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